Mi tercer espacio

Este post fue inspirado por el artículo “Welcome to the jerk pit” de Deadchannel.

Cuando el mundo nos obliga a estar adentro, a dónde vamos cuando queremos irnos? 

el barrshio. La foto la saqué con una HOLGA 35mm

Yo soy una chica que creció en el conurbano, donde las calles que eran de tierra de a poco se iban asfaltando y los almacenes eran precursores de las grandes cadenas de supermercado. La clase trabajadora hacía filas eternas esperando el bondi en la parada, junto con los chicos que iban al colegio en guardapolvo y los más grandes, pero no tan grandes, que iban a la facultad.

En mi familia era la casa el lugar que todo lo tenía: la comida, la comodidad, el jardín, la terraza y la gente. Una casa grande rodeada de adultos de diferentes generaciones, con mis abuelos a la cabeza, mi tío y mi mamá como hijos y yo, como la hija de la hija más chica. Ah, y también había un par de gatos por ahí. Mi abuelo trabajaba siempre y hacía cursos de jardinería, mi abuela repartía su tiempo entre iglesias y hacer compras, mi tío trabajaba y pasaba horas en colectivos para llegar a destino y mi mamá trabajaba, estudiaba y tenía una vida social activa, por lo que todos tenían sus espacios dentro y fuera de la casa.

Por mi parte, desde que era chica tuve espacios marcados, siendo la casa de mis abuelos el más importante, incluso hasta cuando ya nos habíamos mudado con mi mamá a otra casa. El colegio, el instituto de inglés, la iglesia donde iba a los scouts, la casa de mi tía para ir a tomar el té. Era muy poco lo que salía, no sólo porque no gozaba de permisos para salir mucho “sola” o con amigues (“la calle es peligrosa para una nena”) sino porque tampoco tenía mucho interés de salir. Mi mundo interior siempre fue mi espacio personal, con los libros, los cuadernos y los dibujos, y con la llegada de internet pude expandirme un poco más y descubrir lugares que había más lejos de mi barrio y  más cerca que mis fantasías con vivir en el extranjero. Descubrí que mi provincia, (mi país si se quiere) tenía millones de cosas para ofrecerme, esperando a que vaya a descubrirlas.

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Desde una perspectiva más práctica, unos años antes, en la década de los 80, Ray Oldenburg, profesor emérito de sociología urbana, acuñó el término “tercer espacio” en su libro The Great Good Place (1989), para distinguir entre el primer lugar, el hogar y el segundo, el espacio de trabajo. Entre ambos, Oldenburg definió un tercer espacio complementario, dedicado a la vida social de la comunidad, donde la gente podía encontrarse, reunirse e interrelacionarse de manera informal.

Tercer espacio, un nuevo ámbito para la identidad urbana.

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Obvio, con 17 ya me había cansado de “estar en casa” y lloraba, pataleaba, me peleaba con mi madre cuando no me dejaba salir a fiestas y pasaba un sábado a la noche encerrada. Sentía que al llegar el lunes, todo el mundo en el colegio iba a tener anécdotas para contar menos yo. “Salir” era en mi mente eso que me llevaba a crear recuerdos, tener experiencias, descubrir cosas, y cada minuto que pasaba encerrada en casa, me estaba privando de eso.

Con 18 y mi salida del colegio, empecé constantemente a ir a lo que la gente del conurbano llama “capital”. Ir a capital era básicamente en mi caso ir hasta la estación del tren San Martin y sacar un boleto en ventanilla (pagando en monedas o billetes ya que la SUBE era sólo una utopía entonces) hasta Retiro, subirme a la línea C hasta independencia y cruzar hasta la UADE, donde disfrute un tiempo tomando Starbucks casi todos los días y charlando con mis compañeres de curso. Descubrí gente que venía de lugares de la provincia de los que yo jamás había escuchado y que me hablaban de más lugares que no conocía.

Así empezó mi tiempo de exploración y mi lugar preferido de todos, del cual después me sentiría habitué, Palermo Soho. Fue mi amigo Nahui (o ex amigo? Nunca lo sabré) que me llevó  a Muu por primera vez, un lugar con estética dinner de los 50 de Estados Unidos, que según él era “re lindo para comer y sacarse fotos” que se llamaba muu. Recuerdo festejar mis 19 ahí, de llevar a amigues a comer y la realidad es que perdí la cuenta de la cantidad de citas que tuve en este lugar antes de descubrir otros. Como niña de casa y del barrio, me sentía teletransportada a lugares estéticos que veía en fotos de Tumblr- yo quería lugares lindos y encontré Palermo soho como el barrio cheto y artsy que me podía ofrecer eso.

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*La primera vez en Muu con Nahui y tremendo sánguche jaja*

Empecé a pasar la mayor parte de mi tiempo en Palermo al tener 19, habiendo dejado la UADE en Constitución y la UNSAL en Pilar, para ir a estudiar fotografía allá. La mayoría de las veces iba por la mañana a la facultad y volvía a la noche para salir de fiesta, comer con amigues, ir a algún evento cultural o encontrarme con algún chico. Si bien no había un espacio cerrado puntual al cual me gustaba ir, me dejaba llevar por conocidos y recomendaciones para encontrar estos lugares dentro de esas cuadras entre Av. Santa Fé, Juan B. Justo, Córdoba y Scalabrini Ortiz.

Uno de los lugares que en mi juventud (pues #señora) me acogió y hasta esperaba con ansias para ir era el Slam de Poesía. Como expliqué en este ensayo, descubrí  una juntada mensual de poesía que se hacía en una casa en Palermo vía Facebook y ese fue por un tiempo mi tercer espacio- quería que llegaran esos viernes por la noche para ir un rato a un lugar del cual de a poco me fui sintiendo habitué. Me daba orgullo haberme aventurado a abrir mi mapa y conocer gente fuera de los ambientes en donde me movía , lo que me daba la oportunidad de despegarme de esa Wanda del colegio y de la facultad, dejándome como un lienzo en blanco para reinventarme para con los demás. La cámara era mi excusa para charlar con gente e ir conociéndolos a todos, conocer sus historias, de dónde venían y qué hacían. No era amiga de nadie per se, pero sí me sentía parte del todo.  

Las fotos hipster que sacaba con la Diana F+

Ya en mis 20s, mi tercer espacio podría decir eran las fiestas. Me encantaba ir de fiesta en fiesta y al tener varios grupos de amigues, ellos me mostraban distintos espectros de la #movidaporteña. Con Caitlin y Jessie, dos amigas de NYC, íbamos a speakeasy,  a fiestas a las cuales yo jamás hubiera llegado sola ( ejem fiestas de extranjeros) y fiestas de amigues de amigues. Con Mora y Nahuel, a.k.a mis gay friends, pasábamos las noches dando vueltas por bares y boliches gay. Con Luz o con Aye salíamos sin expectativas, hablando con gente en la calle y viendo qué pasaba. Mi amigo Fede siempre me invitaba a eventos under y terminaba en bares escuchando jazz o viendo exhibiciones de artistas emergentes. Si bien esto no suena tanto como un tercer espacio, me da la sensación que más allá del lugar en sí, la idea de conectar con gente o ir a donde estaba la gente de manera regular me hacía sentir parte de algo grande donde podíamos interactuar.  

Esa noche con Nahuel donde nos vestimos de Minnie y Mickey y caminamos así por toda la city y lo marginal que era esa cámara del iphone 4s

Además de mi casa y la facultad, pasaba mucho tiempo en colectivos y trenes, teniendo 4 horas o más de viaje en cierto momentos. El transporte público se convirtió en un pseudo- tercer espacio, ese lugar donde yo me sentaba y estaba con otras personas, sin contacto directo pero pensando en mis cosas, escuchando diálogos de otros, sintiéndome parte de lo que pasaba ahí.

Cuando empecé  a viajar sola me di cuenta que no quería quedarme en un lugar por solo unos días y conocer lo turístico, quería sentir cómo era vivir ahi por un rato, sin apuros ni corridas. Cuando aterrice en Peru no tenia mucha idea de que iba a hacer ahi, pero me aseguré de tener un cuarto de airbnb que fuera mi base, “mi casa” por ese tiempito en Lima y al cual pudiera volver después de recorrer la ciudad. Como el segundo espacio (trabajo) no existía, la ciudad era mi tercer espacio, las calles, los restaurantes, los mercados. Todos los lugares me traían la posibilidad de conectar con gente e interactuar, si yo así  lo quería. En Cuzco, después de muchas idas y vueltas, pase un tiempo en la casa de un chico de couchsurfing que me alojó y de ahi me mude a un hostel donde trabajaba a cambio de una cama y comida. Mi primer y segundo espacio era el hostel en sí, pero mis terceros espacios eran la Plaza de Armas, una cafeteria que tenia postres riquísimos y en general la calle. Si alguien me preguntaba a dónde ir, yo podia recomendar bares, lugares para comer, los mercados que te vendían más barato. Cuzco me adopto como local y se convirtió en un ideal donde todo era el tercer espacio en sí mismo.

Al volver a Buenos Aires, tuve que recrear y volver a encontrar nuevos espacios . Mi vida giraba en torno a trabajar y a estudiar, pero podia arreglármelas para hacer cursos aqui y alla y conocer gente. Hacer cursos, ahora que lo pienso, fue mi tercer espacio. Esencial para insertarme de nuevo en lugares donde no conocía a nadie pero todos teníamos mas o menos los mismos intereses. Un curso de alemán, un taller de encuadernación, uno de DJ… El taller de escritura creativa fue el más intenso, donde nos juntábamos después  de clase a tomar birras o hacíamos fiestas los sábados. Hice amigues con los que nos fuimos a la Mar del Plata un finde para la firma de libros de una de las chicas. Fue súper divertido y nunca me volvió a pasar nada por el estilo.

Cuando estaba viajando por Chile, tenía mi base en dos lugares: el barrio de Bellas Artes en Santiago y Valparaiso, creo que la zona era Cerro Alegre. Mi primer viaje a Chile fue el que inauguró mi relación seria con lo que se convertirían en mi tercer espacio hasta el día de hoy: los cafés. Fue en Cafe Berlin donde me sentaba dos veces por semana a la tarde a tomarme un espresso o una limo y comer un pain au chocolat mientras escribía y dibujaba. Era tan habitué que el dueño empezó a charlar conmigo y a preguntarme qué dibujaba, contarme dónde podia ir para ver arte e invitarme a eventos que se hacían en el cafe. En Valparaíso me hice gran amiga de las dueñas del Café Reina Victoria. Esperaba a que fuera la mañana para desayunar una torta o un tostado con un café y charlar con quien estuviera ese día. Fui dos días seguidos y después hice algunas fotos o las ayudaba a servir a cambio de una rica torta (o de nada la verdad, el simple hecho de estar ahí me daba felicidad). Con la Cata, una de las dueñas, tuvimos muchas charlas profundas y fue ella quien me termino de convencer para hacer mi curso de azafata, incluso en mi segundo viaje a Chile, ella y su hijo Pedrito me invitaron a quedarme con ellos y me dieron mucho amor cuando lo necesitaba.

Dato de color, Cata y el dueño de Cafe Berlin se conocían y charlamos de eso con ambos. Qué pequeño el mundo.

Con el tiempo, el sentarme en cafés comenzó a hacerse un hábito. Me gustaba mucho el saber que al ir a un café podía sentarme sola a no hacer nada y ver la gente pasar, o ir con amigues a ponernos al día con los chismes. Al tener amigues que venían de todas partes de capital y provincia, nos juntábamos en cafecitos por Chacarita, Belgrano, Palermo, Villa Crespo, Micro centro… Es más, hasta cree un proyecto cuyo fin era básicamente ir a cafés para dibujarlos (ejem, Ilustrando Cafe). Cuatro de mis cafés que me sentí casi habitué eran Cigalo (fui dos veces y me conocían como la chica del cheesecake), Öss, donde estuve lit 6 o 7 horas dibujando y charlando con gente, plus probando cafes. Fui dos veces más, pero la onda era muy diferente. Alaska/ LOCAL, donde fui una vez y pegue onda con la gente para hacer una juntada de Ilustrando Cafe. Y cómo olvidar el café de Musaraña, en pleno Florida, donde no tenía plata para comprarme libros y con un café podía agarrar novelas gráficas y leerlas ahí (#pobretip). Todo lindo en su momento, igualmente nunca más pude encontrar lo que tuve en esos cafés de Chile. 

Creo que explorar lugares nuevos se siente un poco como viajar: en algún punto tenés ganas de acomodarte, bajar unos cambios y sentirte en casa. Cuando vine llegué a Alemania, empecé a buscar cafés donde podía ir, asumiendo que ellos serian mi tercer espacio, ese lugar donde podía conectar con gente y hasta ser habitué. Luego de probar espacio tras espacio, encontré dos cafés que me gustaban mucho: uno se llama Ernst y el otro Einbrandt, los dos de especialidad, a distancias caminables de mi casa y con mesas e internet para poder trabajar o dibujar. En Ernst hice algo así como un conocido que me recomendaba tipos de cafés, quién después con el tiempo desapareció (RIP barista buena onda que me hablaba en inglés) y terminó siendo Einbrandt donde más iba ( y voy pues #supportyourlocalcoffeeplace). Si bien ambos me daban un espacio, el ir seguido a estos lugares, dándome la cabeza contra la pared a la hora de charlar con les baristas, me hizo pensar que estos terceros espacio se habían convertido en simples lugares donde tomaba café y trabajaba detrás de mi computadora o dibujaba, sin mucha más interacción que la de pedir algo. 

Quizás faltó tiempo para conectarme con la gente (y obviamente la barrera del idioma también lo hizo complejo) pero la posibilidad de seguir yendo se cortó por una pequeña pandemia que hizo que nuestro primer, segundo y tercer espacio se condensaran en nuestra casa. A dónde vamos cuando no podemos irnos? Cuál es el tercer espacio al que podemos recurrir? Creo que una gran parte de nosotros se refugió en el internet para encontrar comunidad y pasar tiempo con otros. Me declaro culpable de hacer juntadas por Meet para tomar birra, inaugurar un club para descansar con la idea de conectar con más personas y buscar alguna forma de compartir actividades con personas nuevas!

primer mes de cuarentena y yo cambiando de lugar los muebles

“Those TV cafes where every character is a regular were, more or less by accident, giving us a gift: a reminder that to be part of the world, you must gather. Even if you only gather in the usual place, with the usual people, community is something we make together and we make it outside of work, outside of home.”

“Welcome to the jerk pit” de Deadchannel

Hay alguna conclusión que puedo llegar a sacar de este ensayo? Creo que el tercer espacio es tan necesario como los otros dos, no porque sea de mayor relevancia, sino porque se complementa con los anteriores y provee la oportunidad de encontrar comunidad, contacto e interacción con gente y un lugar de ocio y tiempo fuera de la rutina, si se quiere, que tanto se necesita en un mundo donde todo debería ser productivo en un sentido sistémico, más que humano. 

Hoy, estoy preparándome para dejar esta ciudad en la que vivi los últimos casi tres años y con la esperanza de que la pandemia nos deje vivir más en comunidad, me pregunto por mis futuros terceros espacios. Soy una persona que, como las expectativas le han cagado un poco la realidad, prefiero no hacerme ilusiones. Aún así espero tener algún día eso que tenían los chabones de Friends en su café, lo que los chicos de How I met your Mother tenían en el bar, lo que Homero tenía en lo de Moe’s. Un espacio donde puedo ir a interactuar con otras personas en un nivel más que superficial. Un lugar cómodo que me pregunten “Lo de siempre?” y me pregunten de mi día. Donde sepan que soy Wan y no sólo €5 del cappuccino con leche de avena.


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*Este ensayo fue escrito sin lenguaje inclusivo porque básicamente todavía me cuesta utilizarlo en textos extensos. Work in progress, gracias por entender, vuelva pronto!

Published by Wan

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