escribir

Con mi mamá éramos regulares de Feria del Libro de Buenos Aires. Todos los años íbamos al mediodía a ver miles de libros y recorrer pasillos hasta el cansancio, para después salir e ir a McDonald’s de Plaza Italia y pedir una cajita feliz. Recuerdo que mi juguete era un pequeño peluche de Snoopy con una máquina de escribir, con una hoja que decía “Era una oscura y tormentosa noche…“

no tengo el peluche conmigo, pero era algo asi.

Vengo de una familia que lee muchísimo. Tenemos bibliotecas llenas de todo tipo de libros, revistas, diarios, enciclopedias- entusiastas de los papeles que contienen historias, explicaciones del mundo, puntos de vista. Mi abuela siempre lleva libros de religión a todos lados: en su cartera, a la cama, hasta en el baño podíamos encontrar sus libros, con notas, papeles y marcadores. Mi abuelo compraba muchas novelas históricas en las librerías de descuentos del barrio y las leía en el sillón del comedor de invitados. Mi tía siempre fue tan fan de los libros, que hizo el profesorado de Literatura. Mi tío siempre nos encargaba libros cuando íbamos al centro de la city y pasaba las tardes de domingo leyendo el diario en el patio, mientras que mi mamá leía apuntes de la facultad durante el día y novelas durante la noche.

Creo que es importante contar estos antecedentes que me marcaron tanto en mis hábitos de lectura. Fue mi tío quien me enseño a hablar llevándome a upa a la alacena, señalando cosas y haciéndomelas repetir en voz alta “huee-vo” “za-na-ho-ria”, para después ensenarme a leer con el diario. Mi abuela y mi abuelo predicaron con el ejemplo la importancia de la lectura. Mi tía me traía libros y gracias a ella conocí clásicos (encontré en su biblioteca Harry Potter y me lo prestó, así de genia ella). Y si bien mi mamá también me daba el ejemplo y fomentaba mi lectura, me mostró algo más: escribir.

Ella tenía sus cuadernos donde escribía. Los compraba, buscaba algún papel lindo con el que forrar sus tapas, tenía lapiceras de colores y su “cartuchera completa”, como quien dice. Mientras yo jugaba con las muñecas, ella escribía. Creo que eran como diarios, escondidos en cajas para que nadie los pudiera encontrar, o por lo menos eso es lo que imagino. Algo asi como una terapia, como algo catártico, como escribir tu propia historia al mismo tiempo que está pasando.

Si bien siempre tuve papeles y cuadernos a mi alrededor, mi primer diario íntimo fue uno de Winnie The Pooh, con candado y llave que me regaló mi mamá cuando tenía 6 o 7. Hasta ese entonces no había tenido nunca un espacio propio, privado, para mí, por lo que ese diario significó un antes y un después para poder guardar secretos, ideas, vivencias… y me encantaba. Al escribir me sentía libre, al escribir no le debía nada a nadie, no estaba en ningún otro lado más que en lo que escribía.

Qué increíble traducir pensamientos a palabras, haciendo de alguna manera tangible lo intangible.

Escribir a mano era toda una magia que no entendía pero que disfrutaba tanto como salir a jugar. O más. Qué increíble traducir pensamientos a palabras, haciendo de alguna manera tangible lo intangible. Crear mundos que no existen, modificar los que sí y moldearlos con la imaginación. Entre mis 10 y 12 escribía documentos de Word con cuentos, mini novelas, ficciones de lo que mi vida sería en otro lugar y en otra época. Me levantaba de la silla, salía al jardín a mirar la calle y a buscar inspiración en algo. Me frustraba muchas veces y arrastraba hasta la papelera cuentos que quizás habría estado meses escribiendo. Abría un documento nuevo, y empezaba otra vez.

En blanco.

Después llegaron los blogs y las reflexiones de la vida. Fan desde siempre de leer mentes ajenas, desarrollando empatía por las personas que se abrían en el internet. Si bien tenía blogs, mis cuadernos seguían siendo mi templo. El 1ro de Enero del 2008 empecé a escribir en cuaderno nuevo de Sarah Kay, habiendo esperado hasta esa fecha para empezarlo con mi nuevo año. Ahi escribia cosas que me pasaban, dibujaba stickers que pegaba despues con plasticola, illustrando eso que habia escrito. Mencionaba qué estaba pensando y qué música acompañaba mi reflexión, cosa que en este momento me doy cuenta que todavia hago (y es parte de mi newsletter actualmente). Hasta el día de hoy, ese cuaderno existe y está en una caja en la casa de mi madre, con todos los demás. Lo que fue una documentación diaria se convirtió en un cuaderno al que más adelante saludaria cada año, haciendo un pequeño balance y contando cual era la situación en el momento. Creo que fue 2018, la última vez que estuve en Buenos Aires, que escribi en él.

Con el tiempo mis diarios fueron mutando. Cuadernos A4 de hojas rayadas, llenos con palabras, dibujos y fotos que encontraba en revistas. Tengo hojas llenas de boletos de colectivo, a los cuales la tinta ya se les borró pero que recuerdo eran de 1 peso argentino, lo que pagaba para ir a la escuela en los últimos años. En mi adolescencia, documentar mi vida se convirtió en un proceso que me ayudó a entenderme, entender mi realidad, mi entorno y a sobrellevar cosas que me pasaban en esos momentos.

Si bien habia pasado una vida entera escribiendo, no me di cuenta hasta mis 20 lo importante que era tener un cuaderno para hacerlo, por lo que desde entonces pasé a llenar uno o dos cuadernos por año con todo lo que pasaba por mi cabeza. Cuando me fui de viaje por Sudamerica, me robaron todas mis cosas y lo que más terminé extrañando fueron mis fotos y mi cuaderno, todo lo demás lo podía comprar de nuevo. Pero esas lineas y esos recuerdos no se recuperaban mas.

Cuando viajaba desde mi casa hasta capital, siempre llevaba mi cuaderno para escribir en el bondi. En casa siempre me hacía tiempo para escribir, con un té y una linda lapicera. Mi viaje entero de Chile en 2017, esta registrado dia por dia en mi Moleskine rosa, contando cada historia y pensamiento que tuve e ilustrado por cosas que encontraba, fotos que imprimia y, obvio, dibujos que hacía.

el café de los martes a la mañana.

Al salir de terapia los martes a la mañana, me llevaba mi cuaderno y cruzaba a la cafetería del frente, donde me pedia un americano y escribía todo lo que pensaba de la sesión y de los temas que habíamos hablado con la psicologa. Era un ritual que me ayudaba a procesar lo que venia pensando, a entender qué habia estado pasando y a desplegar mis ideas al respecto antes de llegar (o no) a una conclusion. Mi terapia pasa muchas veces por escribir lo que siento, para verlo materializado, para entender si la forma en la que me cuento las historias es la que mas me gusta o quiero cambiarla. Los cuadernos son para mi lo que el pensadero es para Dumbledore: un lugar donde guardo recuerdos, ideas, inclusive entierro reflexiones de situaciones que doy por cerradas, cuando mi cabeza ya no los necesita o tiene que hacer espacio para cosas nuevas. En caso de necesitarlas, siempre puedo revisarlo.

Mis cuadernos siempre fueron mis mejores amigos, de esos que escuchan y no juzgan, de esos que te dan un espacio para hablar y hablar hasta que vos te das cuenta de lo que querés decir.

foto de mi escritorio una mañana de lunes temprano.

Hoy tengo mi cuaderno rojo, donde registro mis pensamientos y las cosas que me pasan, con mas o menos frecuencia. Mis fieles amigues a la hora de escribir son mi lapicera fuente (que encontré en una caja de lápices viejos de cuando Jojo iba a la escuela) una taza de café, música y una velita cada tanto. Si hay plantas alrededor es un plus hermoso.

Escribir es actualmente una de las herramientas más esenciales para mis proyectos personales. Si bien escribía blogs, hoy la presencia de la escritura es inherente a una especie de “marca personal”, si se quiere. Toda idea que pretenda empezar, comienza en un estado de palabras, de frases en un papel o un documento. Empece escribiendo captions largas de Instagram, pero me di cuenta que lo mío esta en escribir mucho, escribir largo y tendido, escribir sin limitaciones de palabras o de cosas que quiero decir. The Online Letters, el newsletter mensual que escribo con reflexiones de la vida y la creatividad, vino para quedarse y darme el espacio para compartir lo que pienso con personas de una manera más personal, más vulnerable y más humana; como asimismo encontrar respuestas que vienen del corazón y que las personas escriben con la misma calidez. El ida y vuelta que se genera es hermoso y si de casualidad estas leyendo y alguna vez escribiste una respuesta al newsletter porque razonó con algo que estabas pensando o sintiendo, estoy infinitamente agradecida.

El poner mis sentimientos en palabras y compartirlos a un montón de personas es un sentimiento bittersweet: hay una sensación de satisfacción de terminar una pieza y poder publicarla, y unos nervios al presionar el botón de “Publicar”/”Enviar” que suelen estar acompañados por preguntas como “Y si no le gusta a nadie?” “Y si no aporto ningún valor?”. Para algunas personas, las palabras llegan en el momento justo y el nivel de empatía que se genera es mágico. Para otras, el interés o la expectativa de lo que querían leer no se encuentra a la altura con lo que reciben y deciden irse. Y aprendí a entender ambas partes, ya que exponerse, al fin y al cabo, es saber que no podemos complacer a todes.

Pero algo bueno es que sí podemos hablarles a todes, aunque sean sólo algunos los que deciden escuchar.

Este blog es la casa que decidí construir para alojar más pensamientos que quiero compartir. Es también mi forma de invitarme a escribir de temas que normalmente no tengo lugar para expresar, ya que mis newsletters me están quedando chicas. Es la primera vez, también, que tengo un blog en español y no es casualidad que estando lejos sea cuando empiezo a abrazar las formas que mi lengua materna me ofrece para expresarme.

Para cerrar con este ensayo, mi sensación en este momento es la de estar conectada con la escritura más intensamente de lo que he estado en toda mi vida. Alcancé un punto donde sentarme a escribir me es un hábito que no necesita rutina, que se hace solo, como respirar o comer. Escribir me acerca a mi; a quién fui, a quién soy y a quién quiero ser. Escribir me acerca a otras personas, a comunicarme con elles, a literal leer lo que pasa por su mente. Escribir es mi memoria: todo lo que escribo quiere decir que en algún momento pasó.

En mi cabeza o fuera de ella.

“Writing isn’t about making money, getting famous, getting dates, getting laid, or making friends. In the end, it’s about enriching the lives of those who will read your work, and enriching your own life, as well. It’s about getting up, getting well, and getting over. Getting happy, okay? Getting happy.”

― Stephen King, On Writing: A Memoir of the Craft

Apoyá estos proyectos

Si disfrutaste de este ensayo podés compartirlo con tus amigues y considerar apoyarlos económicamente con una suscripción mensual a Patreon o un único aporte con un cafecito.

Published by Wan

Creative Human Being http://wanraitelli.de/hellothere

Create your website with WordPress.com
Get started